CORPUS HERMETICUM (XVI.): traducción completa al español

LAS DEFINICIONES DE ASCLEPIO AL REY AMÓN

EL DISCURSO PERFECTO DE ASCLEPIO AL REY

(Texto: R. 348-354; Pat. al final. 1)

1.

Grande es el discurso (logos) que te envío, oh Rey: un resumen y compendio, por así decirlo, de todos los demás.

Pues no ha sido compuesto para adaptarse a la opinión de la mayoría, ya que contiene mucho que la refuta.

Más aún, a ti te parecerá que en ocasiones contradice incluso mis propios discursos.

Hermes, mi maestro, me ha dicho en muchas conversaciones, tanto cuando estábamos solos como algunas veces cuando también estaba presente Tat, que a quienes encuentren mis libros su composición les parecerá muy sencilla y [muy] clara; pero, por el contrario, como es poco clara y el significado interior de sus palabras está oculto, será todavía más difícil de entender cuando, posteriormente, los griegos quieran traducir nuestra lengua a la suya, pues esto supondrá una gran distorsión y oscurecimiento de [incluso] aquello que ya ha sido escrito.

2.

Traducido a nuestra lengua nativa, 1 el discurso (logos) conserva, en cualquier caso, la claridad del significado 2 de las palabras (logoi).

Pues la propia cualidad de su sonido, el [mismo] poder de los nombres egipcios, contiene en sí la capacidad de hacer realidad aquello que se dice.

Por tanto, en la medida en que puedas, oh Rey —y tú puedes [hacerlo] todo—, mantén [este] nuestro discurso sin traducir, para que misterios tan poderosos no lleguen a los griegos y el lenguaje desdeñoso de Grecia, con [toda] su ligereza y su belleza superficial, 3 por así decirlo, no quite toda la fuerza 4 al lenguaje solemne, poderoso y eficaz 5 de los Nombres.

Los griegos, oh Rey, tienen palabras nuevas, eficaces solo para la “argumentación”; y así es la filosofía de los griegos: ruido de palabras.

Pero nosotros no utilizamos palabras; utilizamos sonidos llenos de acciones.

3.

Así pues, comenzaré el discurso invocando a Dios, Señor y Creador del universo, [su] Padre y [su] Envolvente; quien, aunque es el Todo, es Uno, 1 y aunque es Uno, es el Todo; pues la Plenitud de todas las cosas es Uno y está en Uno, y este último Uno no aparece como un segundo [Uno], sino que ambos son Uno.

Y esta es la idea 2 que quiero que mantengas presente durante todo el estudio de nuestro discurso, Padre.

Pues si alguien intentara separar de Uno aquello que parece ser a la vez Todo, Uno y lo Mismo, se descubriría que toma 3 su denominación de “Todo” de [la idea de] multiplicidad, y no de [la idea de] plenitud 4 —lo cual es imposible—; porque si separara el Todo del Uno, destruiría el Todo. 5

Pues todas las cosas deben ser Uno, si verdaderamente son Uno. Sí, son Uno, y nunca dejarán de ser Uno, para que la Plenitud no sea destruida.


4.

Mira, pues, en la Tierra una multitud de fuentes de Agua y de Fuego que brotan desde sus partes más profundas; en un mismo espacio se hacen visibles las tres naturalezas —Fuego, Agua y Tierra—, todas dependientes de una misma Raíz. 1

De ahí que también se crea que ella 2 es el Tesoro 3 de toda materia. De su abundancia hace brotar 4 [lo que produce] y, en el lugar [de aquello que expulsa], recibe el sustento de lo alto. 5

Pues así el Demiurgo 6 —me refiero al Sol— ordena eternamente el Cielo y la Tierra, derramando Esencia 7 y absorbiendo Materia, atrayendo todas las cosas alrededor de Sí y hacia Sí, y desde Sí mismo dando todas las cosas a todas.

Pues Él es quien extiende sus buenas energías no solo por el Cielo y el Aire, sino también sobre la Tierra, hasta llegar a las profundidades más bajas y al Abismo.

6.

Y si existe una Esencia que solo la mente puede comprender, 8 esta es su Sustancia, 9 cuyo depósito 10 sería Su Luz.

Pero de dónde surge o de dónde fluye esta [Sustancia], Él, [y solo] Él, lo sabe.


O más bien, en el espacio y en la naturaleza, Él está cerca de Sí mismo… aunque, como no es visible para nosotros, … debemos comprenderlo por conjetura. 1

7.

Sin embargo, la contemplación de Él no queda reducida a una conjetura; pues [incluso] Sus propios rayos, 2 con el máximo esplendor, brillan alrededor de todo el Cosmos que se encuentra arriba y abajo.

Pues Él está establecido en el centro, rodeado por el Cosmos, 3 y, como un buen auriga, conduce con seguridad el equipo cósmico, 4 manteniéndolo sujeto a Sí mismo, 5 para que no se desvíe y corra en un desorden terrible.

Las riendas son la Vida, el Alma, el Espíritu, la Inmortalidad y la Generación.

8.

De este modo, Él hace funcionar 1 todas las cosas. A los inmortales les concede una permanencia perpetua; y con el hemisferio superior de Su propia Luz —todo lo que envía hacia arriba desde Su otro lado, 2 [el lado de Él] que mira hacia el Cielo— alimenta las partes inmortales del Cosmos.

Pero con el lado que envía [Su Luz] hacia abajo y que ilumina todo el hemisferio 3 de Agua, Tierra y Aire, da vida y, mediante los nacimientos y las transformaciones, mantiene en movimiento continuo a los animales 4 de estas [regiones inferiores] del Cosmos…

9.

Los transforma en forma de espiral y los convierte unos en otros, género en género, especie en especie; sus transformaciones mutuas unas en otras están equilibradas, del mismo modo que sucede cuando Él actúa sobre los Grandes Cuerpos.

Pues, en el caso de todo cuerpo, [su] permanencia [consiste en] la transformación.

En el caso de un ser inmortal, no existe disolución; pero cuando se trata de uno mortal, va acompañado de disolución.

Y así es como el cuerpo inmortal se diferencia del mortal, y como el mortal se diferencia del inmortal.

10.

Además, así como Su Luz es continua, también lo es Su Poder de dar Vida a los seres vivos, y no puede llegar a su fin ni en el espacio ni en su abundancia.

Pues alrededor de Él hay muchos coros de daimones, semejantes a ejércitos de muy diversas clases; aunque habitan con los mortales, no están lejos de los inmortales; pero, teniendo como destino [el ámbito] que se extiende desde aquí hasta los espacios de los Dioses, 2 vigilan los asuntos de los hombres y llevan a cabo lo que los Dioses han dispuesto: por medio de tormentas, torbellinos y huracanes; mediante transformaciones producidas por el fuego y terremotos, 3 y también mediante hambrunas y guerras que castigan la [impiedad del] hombre, pues esta es, en el caso del hombre, la mayor ofensa contra los Dioses.

11.

Pues el deber de los Dioses es otorgar beneficios; el deber de los seres humanos es rendir culto 4; y el deber de los daimones es dar retribución.

En cuanto a todas las demás cosas que los hombres hacen por error, imprudencia o necesidad —a la que llaman Destino, 1—, o por ignorancia, estas no se consideran merecedoras de castigo ante los Dioses; solo la impiedad es culpable ante su tribunal.

12.

El Sol es el preservador 2 y el nutridor de toda clase de seres. 3

Y así como el Mundo Inteligible, 4 al abrazar al mundo sensible, lo llena por completo y lo expande con formas de toda clase y figura, así también el Sol expande todo en el Cosmos, proporcionando nacimientos a todos los seres y fortaleciéndolos.

Cuando están cansados o se debilitan, Él vuelve a tomarlos en Sus brazos.

13.

Y bajo Él está dispuesto el coro de los daimones —o, más bien, los coros; pues son numerosos y muy variados—, ordenados bajo los grupos de Estrellas, 5 en igual número que cada uno de ellos.

Así, dispuestos en sus respectivos rangos, son los servidores de cada una de las Estrellas; en cuanto a su naturaleza, algunos son buenos y otros malos, es decir, en cuanto a sus actividades (pues la esencia de un daimon es actividad); mientras que algunos tienen una [naturaleza] mixta, buena y mala.

14.

A todos estos se les ha asignado autoridad sobre las cosas de la Tierra; y son ellos quienes producen la multiplicidad de confusiones y perturbaciones que ocurren en la Tierra, tanto para los Estados y las naciones en general como para cada individuo por separado.

Pues moldean nuestras almas a semejanza de ellos mismos y las ponen en movimiento junto con ellos, afectando los nervios, la médula, las venas y las arterias, e incluso el propio cerebro, hasta llegar al corazón. 1

15.

Pues cuando cada uno de nosotros nace y cobra vida, los daimones se apoderan de nosotros: aquellos [daimones] que en ese momento están al servicio de la [rueda] de la Generación y que están dispuestos bajo cada una de las Estrellas. 2

Pues estos cambian a cada instante; no permanecen iguales, sino que vuelven a circular.

Estos, entonces, descendiendo a través del cuerpo 3 hasta las dos partes 4 del alma, la ponen 5 en movimiento circular, cada uno hacia su propia actividad.

Pero la parte racional del alma está por encima del dominio de los daimones, pues está destinada a ser receptáculo de Dios.

16.

Quien, entonces, tiene un Rayo que resplandece sobre él a través del Sol, dentro de su parte racional —y estos, en total, son pocos—, no está bajo la acción de los daimones; pues ninguno de los daimones ni de los Dioses tiene poder contra un solo Rayo de Dios.

En cuanto al resto, todos son conducidos y gobernados, en alma y cuerpo, por los daimones, amando y odiando las actividades de estos.

Por tanto, la razón (logos) no es el amor que se engaña a sí mismo y que engaña a otros. 1

Los daimones, por consiguiente, gobiernan toda esta economía terrenal, 2 utilizando nuestros cuerpos como [sus] instrumentos.

Y esta economía Hermes la ha llamado Heimarmenē. 3

17.

El Mundo Inteligible, 4 entonces, depende de Dios; el mundo sensible depende del Mundo Inteligible.

El Sol, a través del Cosmos Inteligible y del sensible, derrama abundantemente la corriente del Bien procedente de Dios, es decir, la operación demiúrgica.

Y alrededor del Sol están las Ocho Esferas, dependientes de Él: la [Esfera] de los [Astros] No Errantes, las seis [Esferas] de los Errantes y una [Esfera] Circunterrestre.

Y de las Esferas dependen los daimones; y de estos, los seres humanos.

Y así, todas las cosas y todos [los seres] dependen de Dios. 1

18.

Por eso Dios es el Padre de todos; el Sol es su Demiurgo; y el Cosmos es el instrumento de la operación demiúrgica.

La Esencia Inteligible regula el Cielo; el Cielo, a los Dioses; y los daimones, dispuestos bajo los Dioses, regulan a los seres humanos.

Esta es la multitud 2 de Dioses y daimones. 3

Por medio de ellos, Dios hace todas las cosas para Sí mismo.

Y todos [ellos] son partes de Dios; y si todos [ellos] son partes, entonces Dios es el Todo.

Así, al hacer todas las cosas, se hace a Sí mismo; y nunca puede dejar de [hacer], porque Él mismo es incesante. 4

Por tanto, así como Dios no tiene fin ni principio, tampoco Su obra tiene fin ni principio.

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Sappho, spelled (in the dialect spoken by the poet) Psappho, (born c. 610, Lesbos, Greece — died c. 570 BCE). A lyric poet greatly admired in all ages for the beauty of her writing style.

Her language contains elements from Aeolic vernacular and poetic tradition, with traces of epic vocabulary familiar to readers of Homer. She has the ability to judge critically her own ecstasies and grief, and her emotions lose nothing of their force by being recollected in tranquillity.

Marble statue of Sappho on side profile.

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