CORPUS HERMETICUM XI. (XII.)
LA MENTE A HERMES
(Texto: pp. 85–99; Pat. 20b–23.)
1.
Mente. Aprende, pues, este tratado (logos), Hermes Trismegisto, y conserva en tu memoria las palabras pronunciadas; y puesto que me ha correspondido hablar, no me demoraré más.
Hermes. Como muchos hombres dicen muchas cosas, y muy diferentes entre sí, acerca del Todo y del Bien, no he llegado a conocer la verdad. Explícamelo, pues, con claridad, oh Maestro mío. Porque solo puedo confiar en la explicación de estas cosas que procede de Ti.
2.
Mente. Escucha, pues, hijo mío, cómo se relacionan Dios y el Todo.
Dios; Æón; Cosmos; Tiempo; Devenir.
Dios hace el Æón; el Æón, el Cosmos; el Cosmos, el Tiempo; y el Tiempo, el Devenir.
El Bien —lo Bello, la Sabiduría, la Bienaventuranza— es, por así decirlo, la esencia de Dios; del Æón, la Igualdad; del Cosmos, el Orden; del Tiempo, el Cambio; y del Devenir, la Vida y la Muerte.
Las energías de Dios son la Mente y el Alma; las del Æón, la permanencia y la inmortalidad; las del Cosmos, la restauración y su contrario; las del Tiempo, el aumento y la disminución; y las del Devenir, la cualidad.
El Æón está, por tanto, en Dios; el Cosmos, en el Æón; el Tiempo, en el Cosmos; el Devenir, en el Tiempo.
El Æón permanece firme alrededor de Dios; el Cosmos se mueve dentro del Æón; el Tiempo tiene sus límites en el Cosmos; el Devenir deviene en el Tiempo.
3.
La fuente, por tanto, de todas las cosas es Dios; su esencia es el Æón; su materia es el Cosmos.
El poder de Dios es el Æón; la obra del Æón es el Cosmos, que nunca ha llegado a ser y, sin embargo, está siempre llegando a ser por medio del Æón.
Por ello, el Cosmos nunca será destruido, porque el Æón es indestructible; ni perece por completo ninguna de las cosas que hay en el Cosmos, porque el Cosmos está envuelto por el Æón por todos lados.
Hermes. Pero ¿qué es la Sabiduría de Dios?
Mente. El Bien y lo Bello, la Bienaventuranza, toda la Virtud y el Æón.
El Æón, por tanto, ordena [el Cosmos], otorgando inmortalidad y permanencia a la materia.
4.
Pues su devenir depende del Æón, del mismo modo que el Æón depende de Dios.
Ahora bien, la Génesis y el Tiempo, tanto en el Cielo como en la Tierra, son de dos naturalezas.
En el Cielo son inmutables e indestructibles, pero en la Tierra están sujetos al cambio y a la destrucción.
Además, el alma del Æón es Dios; el alma del Cosmos es el Æón; y el alma de la Tierra es el Cielo.
Dios está en la Mente; la Mente, en el Alma; el Alma, en la Materia; y todos ellos por medio del Æón.
Pero todo este Cuerpo, en el que están todos los cuerpos, está lleno de Alma; el Alma está llena de Mente, y la [Mente] está llena de Dios.
Él lo llena desde dentro y lo rodea desde fuera, haciendo que el Todo viva.
Por fuera, esta vasta y perfecta Vida [rodea] al Cosmos; por dentro, lo llena de todas las vidas; arriba, en el Cielo, todo continúa en igualdad; abajo, en la Tierra, se produce un devenir cambiante.
5.
Y el Æón conserva este [Cosmos], ya sea por Necesidad, por Providencia, por Naturaleza, o por cualquier otra cosa que un hombre suponga o llegue a suponer. Y todo esto es Dios actuando.
La Energía de Dios es un Poder que nada puede superar, un Poder con el que no puede compararse ninguna cosa humana, ni tampoco ninguna cosa divina.
Por eso, Hermes, nunca pienses que alguna de las cosas de arriba o de abajo es semejante a Dios, pues te apartarías de la verdad. Nada es semejante a Aquel que no tiene semejante, que es Único y Uno.
Y no pienses jamás que otro pueda poseer su poder, pues ¿qué hay aparte de Él que tenga vida, inmortalidad o capacidad de cambiar de cualidad? ¿Y qué otra cosa debería hacer Él?
Dios no está inactivo, pues si lo estuviera, todas las cosas carecerían de actividad; pero todas están llenas de Dios.
Sin embargo, tampoco en ninguna parte del Cosmos, ni en ninguna otra cosa, existe la inactividad. Porque “inactividad” es un nombre que no puede aplicarse ni a aquello que hace ni a aquello que es hecho.
6.
Pero todas las cosas deben ser hechas: son hechas continuamente y también de acuerdo con la influencia de cada espacio.
Pues Aquel que hace está en todas ellas; no está establecido en una sola de ellas, ni hace una sola cosa, sino que hace todas las cosas.
Y, siendo Poder, actúa en las cosas que hace y no está separado de ellas, aunque las cosas que hace están sometidas a Él.
Ahora contempla a través de Mí el Cosmos que tienes ante tus ojos; observa cuidadosamente su Belleza: un Cuerpo en absoluta perfección, más antiguo que cualquier otro, pero siempre en la plenitud de su vida y siempre joven; o, mejor dicho, en una plenitud cada vez mayor y en una juventud siempre renovada.
7.
Contempla de nuevo los siete Mundos sometidos, ordenados según el orden del Æón y completando su curso.
[Observa cómo] todas las cosas están llenas de luz y en ninguna parte hay fuego; pues es el amor y la mezcla de los contrarios y de los diferentes lo que da nacimiento a la luz, que resplandece por la energía de Dios, el Padre de todo bien, el Guía de todo orden y Gobernante de los siete órdenes del mundo.
[Contempla] la Luna, que va delante de todos ellos, instrumento de la Naturaleza y transformadora de su materia inferior.
[Contempla] la Tierra, situada en medio del Todo, fundamento del hermoso Cosmos, alimentadora y nodriza de las cosas de la Tierra.
Y contempla la multitud de las vidas inmortales, cuán grande es, y también la de las vidas sometidas a la muerte; y, entre ambas, las [vidas] inmortales y mortales, [contempla] la Luna que circula.
8.
Y todas están llenas de Alma, y todas son movidas por ella, cada una a su manera. Algunas alrededor del Cielo, otras alrededor de la Tierra. [Observa] cómo las de la derecha no se mueven hacia la izquierda, ni las de la izquierda hacia la derecha; ni las de arriba hacia abajo, ni las de abajo hacia arriba.
Y en cuanto a que todas estas cosas están sometidas a la Génesis, mi queridísimo Hermes, ya no necesitas aprenderlo de Mí. Pues ya sabes que son cuerpos, que tienen almas y que son movidos.
Pero es imposible que puedan reunirse en una sola cosa sin alguien que las reúna.
Debe, por tanto, existir alguien así, que sea completamente Uno.
9.
Porque, como sus numerosos movimientos son diferentes y sus cuerpos no son iguales, pero se ha establecido una sola velocidad para todos ellos, es imposible que haya dos o más hacedores de ellos.
Pues un único orden no podría mantenerse entre “los muchos”; surgiría rivalidad entre el más débil y el más fuerte, y lucharían entre sí.
Y si el hacedor de las vidas sujetas al cambio y a la muerte fuera otro, también desearía hacer las inmortales, del mismo modo que el hacedor de las inmortales [desearía hacer] las vidas sujetas a la muerte.
Pero vamos, supongamos que hay dos. Si la Materia es una y el Alma es una, ¿en manos de quién estaría la distribución para la creación? Y, de nuevo, si ambos poseen una parte de ella, ¿en manos de quién estaría la mayor parte?
10.
Concíbelo, pues, de esta manera: todo cuerpo viviente está compuesto de alma y materia, ya sea que ese cuerpo pertenezca a un ser inmortal, a un ser mortal o a un ser irracional.
Porque todos los cuerpos vivientes están animados; mientras que, por otro lado, aquello que no vive es materia por sí misma.
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Y, de igual manera, el Alma, cuando está en sí misma, es, después de su propio hacedor, causa de la vida; pero la causa de toda vida es Aquel que hace las cosas que no pueden morir.
Herm. Entonces, ¿cómo es que, en primer lugar, los seres vivos sujetos a la muerte son diferentes de los que son inmortales? Y, en segundo lugar, ¿cómo es que aquella Vida que no conoce la muerte y que hace posible la inmortalidad no hace inmortales a los animales?
Mente. Primero, que hay alguien que hace estas cosas es evidente; y, después, que ese alguien es Uno también es muy manifiesto. Pues también el Alma es una, la Vida es una y la Materia es una.
Herm. Pero ¿quién es Él?
Mente. ¿Quién podría ser sino el Dios único? ¿A quién más correspondería poner el Alma en los seres vivos sino solo a Dios? Uno, por tanto, es Dios.
En verdad, sería sumamente ridículo que, mientras reconoces que el Cosmos es uno, que el Sol es uno, que la Luna es una y que la Divinidad es una, quisieras que Dios mismo fuera uno cualquiera de entre muchos.
12.
Por tanto, Él hace todas las cosas de muchas maneras. Y ¿qué tiene de extraordinario que Dios haga la vida, el alma, la inmortalidad y el cambio, cuando tú mismo haces tantas cosas?
Pues tú ves, hablas, oyes, hueles, saboreas, tocas, caminas, piensas y respiras. Y no es un hombre el que huele, otro el que habla, un tercero el que toca, otro el que huele, otro el que camina, otro el que piensa y otro el que respira. Sino que es uno solo quien hace todas estas cosas.
Y, sin embargo, ninguna de ellas podría existir separada de Dios. Porque, así como, si tú dejaras de hacer estas cosas, ya no serías un ser vivo, del mismo modo, si Dios dejara de hacerlas —algo que no es lícito decir—, ya no sería Dios.
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13.
Pues si se ha demostrado que ninguna cosa puede permanecer inactiva, ¡cuánto menos Dios! Porque si hubiera algo que Él no hiciera —si fuera lícito decirlo—, sería imperfecto. Pero si no solo no está inactivo, sino que es perfecto, entonces hace todas las cosas.
Entrégate a Mí, Hermes, durante un breve tiempo, y comprenderás con mayor facilidad que la obra de Dios es una sola, para que existan todas las cosas: las que están siendo hechas, las que ya han existido y las que serán hechas. Y esto, amado mío, es la Vida; esto es lo Bello; esto es el Bien; esto es Dios.
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14.
Y si quisieras comprender esta obra en la práctica, observa lo que sucede contigo cuando deseas engendrar. Sin embargo, esto no es igual a aquello, porque Él no experimenta placer.
Pues Él no tiene a ningún otro con quien compartir lo que hace, ya que, al obrar por Sí mismo, está siempre actuando, siendo Él mismo aquello que hace. Porque, si se separara de ello, todas las cosas se derrumbarían y todo moriría, al cesar la Vida.
Pero si todas las cosas son seres vivos, y la Vida también es una, entonces Dios es uno. Y, además, si todas son vidas, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra, y una sola Vida en todas ellas es producida por Dios, y Dios mismo es esa Vida, entonces todas son hechas por Dios.
La Vida es la unión de la Mente y el Alma en una sola cosa; por consiguiente, la muerte no es la destrucción de aquello que está unido, sino la disolución de su unión.
15.
Además, el Eón es la imagen de Dios; el Cosmos, la imagen del Eón; el Sol, la del Cosmos; y el ser humano, la imagen del Sol.
La gente llama muerte al cambio, porque el cuerpo se disuelve y la vida, al disolverse, se retira hacia lo no manifestado. Pero en este discurso, Hermes, amado mío, como estás oyendo, digo que también el Cosmos experimenta cambio, pues una parte de él cada día pasa a estar en lo no manifestado; sin embargo, nunca se disuelve.
Estas son las transformaciones del Cosmos: revoluciones y ocultamientos; la revolución es conversión, y el ocultamiento es renovación.
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16.
El Cosmos tiene todas las formas, pero no porque posea formas externas a sí mismo, sino porque él mismo las cambia dentro de sí.
Puesto que, entonces, el Cosmos ha sido hecho de tal manera que posee todas las formas, ¿qué puede ser su hacedor? Porque, por una parte, no puede carecer de toda forma; y, por otra, si tuviera todas las formas, sería semejante al Cosmos. Pero, si tuviera una sola forma, por ello sería inferior al Cosmos.
¿Qué decimos, entonces, que Él es? Para no convertir nuestro discurso en algo dudoso, pues nada de lo que la Mente concibe acerca de Dios es dudoso.
Él, por tanto, tiene una sola idea, que es exclusivamente suya, que no puede ser percibida por la vista, pues es incorpórea, y que, sin embargo, mediante los cuerpos manifiesta todas las ideas.
Y no te sorprendas de que exista una idea incorpórea.
17.
Pues es semejante a la forma de la razón o del discurso, y a las cimas de las montañas en las pinturas. Porque parecen sobresalir con fuerza del resto, pero en realidad son completamente lisas y planas.
Y ahora considera lo que se dice de manera más audaz, pero también más verdadera.
Así como el ser humano no puede vivir separado de la Vida, tampoco Dios puede vivir sin hacer el bien. Porque esto es, por así decirlo, la vida de Dios, y también su movimiento: mover todas las cosas y hacerlas vivir.
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18.
Ahora bien, algunas de las cosas que se han dicho deben entenderse en un sentido particular. Comprende, por ejemplo, lo que voy a decir.
Todas las cosas están en Dios, pero no como si estuvieran situadas en un lugar. Pues el lugar es algo corporal e inmóvil, y las cosas que están situadas en él no tienen movimiento.
Ahora bien, las cosas están de una manera en lo incorpóreo y de otra manera cuando se manifiestan.
Piensa, entonces, en Aquel que contiene todas las cosas; y piensa que nada es más amplio, más rápido ni más poderoso que lo incorpóreo; pero que Él es el más amplio, el más rápido y el más poderoso de todos.
19.
Y piensa en esto a partir de ti mismo: ordena a tu alma que vaya a cualquier tierra, y allí estará más rápidamente de lo que puedas ordenárselo. Y ordénale que viaje hacia el océano, y allí estará inmediatamente; no como si hubiera pasado de un lugar a otro, sino como si ya estuviera allí.
Y ordénale también que ascienda al cielo, y no necesitará alas, ni nada podrá impedirla: ni el fuego del Sol, ni el éter, ni el torbellino circular, ni los cuerpos de las demás estrellas. Atravesándolos todos, ascenderá hasta el último de los cuerpos.
Y si quisieras atravesar también este último cuerpo y contemplar lo que hay más allá —si es que existe algo más allá del Cosmos—, también te está permitido.
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20.
¡Mira qué poder y qué rapidez tienes! Y si tú puedes hacer todas estas cosas, ¿acaso Dios no podrá hacerlas?
Conoce, pues, a Dios de esta manera: como Aquel que contiene todas las cosas en Sí mismo como pensamientos, incluido el Cosmos entero.
Por tanto, si no te haces semejante a Dios, no podrás conocerlo. Pues solo lo semejante puede conocer a lo semejante.
Haz, entonces, que tú mismo crezcas hasta alcanzar la misma grandeza que trasciende toda medida; salta más allá de todo cuerpo; trasciende todo Tiempo; conviértete en Eternidad, y así conocerás a Dios.
Sin considerar nada imposible para ti, piensa que eres inmortal y capaz de conocerlo todo: todas las artes, todas las ciencias y el modo de vida de todo ser.
Hazte más elevado que toda altura y más profundo que toda profundidad. Reúne en ti todas las percepciones de todas las criaturas: del fuego, del agua, de lo seco y de lo húmedo. Piensa que estás al mismo tiempo en todos los lugares: en la tierra, en el mar y en el cielo; aún no engendrado, en el vientre materno, joven, anciano, muerto y en las condiciones posteriores a la muerte.
Y si conoces todas estas cosas al mismo tiempo —los tiempos, los lugares, las acciones, las cualidades y las cantidades—, podrás conocer a Dios.
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21.
Pero si mantienes tu alma encerrada dentro de tu cuerpo y la degradas diciendo: «No sé nada; no puedo hacer nada; temo al mar; no puedo subir al cielo; no sé quién fui ni quién seré», ¿qué diferencia hay entonces entre tu Dios y tú?
Porque no puedes conocer nada de las cosas bellas y buenas mientras ames tu cuerpo y seas malo.
El mayor mal que existe es no conocer el Bien de Dios; pero ser capaz de conocerlo, quererlo y esperarlo es el Camino Recto, el propio camino del Bien, que conduce hasta allí y que es fácil.
Si tan solo pones el pie en ese camino, él saldrá a tu encuentro en todas partes; en todas partes se hará visible, incluso allí y entonces cuando menos lo esperes: despierto, dormido, navegando, viajando, de noche, de día, hablando y guardando silencio. Pues no hay nada que no sea imagen del Bien.
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22.
Herm. ¿Es Dios invisible?
Mente. ¡Silencio! ¿Quién es más manifiesto que Él? Por esta única razón ha hecho todas las cosas: para que, a través de todas ellas, puedas verlo.
Este es el Bien de Dios; esta es su Virtud: que pueda manifestarse a través de todo.
Pues nada es invisible, ni siquiera aquello que carece de cuerpo. La Mente se ve a sí misma al pensar; Dios se ve a Sí mismo al crear.
Hasta aquí, ¡oh Trismegisto!, estas cosas se te han hecho manifiestas. Reflexiona sobre todo lo demás de la misma manera dentro de ti mismo, y no te desviarás.

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