CORPUS HERMETICUM IX. (X.)

SOBRE EL PENSAMIENTO Y EL SENTIDO

QUE LO BELLO Y LO BUENO SE ENCUENTRAN SOLO EN DIOS Y EN NINGUNA OTRA PARTE

(Texto: pp. 60-67; Pat. 14, 15.)

1.

Ayer expuse el Discurso Perfecto (Logos), Asclepio; hoy considero apropiado, como continuación de aquel, examinar punto por punto el discurso acerca del sentido.

Ahora bien, el sentido y el pensamiento parecen diferenciarse en que el primero tiene que ver con la materia, mientras que el segundo tiene que ver con la sustancia. Pero, a mi parecer, ambos están unidos y no se diferencian —me refiero a los seres humanos—. En los demás seres vivos,¹ el sentido está unido a la naturaleza, mientras que en los seres humanos está unido al pensamiento.

Ahora bien, la Mente se diferencia del pensamiento tanto como Dios se diferencia de la divinidad. Pues de Dios procede la divinidad, y de la Mente procede el pensamiento, que es hermana del Logos² y cuyos instrumentos son mutuamente dependientes. Porque el Logos no puede expresarse sin pensamiento, ni el pensamiento puede manifestarse sin Logos.


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2.

Así, el sentido y el pensamiento confluyen ambos en el ser humano, como si estuvieran entrelazados. Pues nadie puede pensar sin sentir, ni sentir sin pensar.

Sin embargo, dicen que es posible pensar en algo independientemente del sentido, como ocurre con quienes imaginan imágenes durante los sueños. Pero, en mi opinión, ambas actividades tienen lugar en la visión onírica, y el sentido pasa del estado de sueño al estado de vigilia.

Pues el ser humano está dividido entre alma y cuerpo, y solo cuando las dos partes de su capacidad sensitiva están de acuerdo, puede expresarse el pensamiento que la Mente ha concebido.

3.

Porque es la Mente la que concibe todos los pensamientos: los pensamientos buenos, cuando recibe las semillas de Dios; y sus contrarios, cuando las recibe de alguno de los daimones. Pues ninguna parte del Cosmos está libre de un daimon, que se introduce furtivamente en el daimon iluminado por la Luz de Dios¹ y siembra en él la semilla de su propia actividad.

Y la Mente concibe así la semilla que ha sido sembrada:

el adulterio, el asesinato, el parricidio, el sacrilegio, la impiedad, el estrangulamiento, arrojar a alguien desde un precipicio y todos los demás actos semejantes, que son obra de los daimones malignos.


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4.

Es verdad que las semillas de Dios son pocas, pero son grandes, hermosas y buenas: la virtud, el dominio de sí y la devoción. La devoción es el conocimiento de Dios (Gnosis); y quien conoce a Dios, al estar lleno de todos los bienes, piensa pensamientos divinos y no piensa como piensa la mayoría.

Por esta razón, quienes poseen la Gnosis¹ no agradan a la mayoría, ni la mayoría les agrada a ellos. Se los considera locos y se ríen de ellos;² son odiados y despreciados y, en ocasiones, incluso condenados a muerte.

Pues ya dijimos³ que el mal necesariamente tiene que existir aquí en la tierra, donde se encuentra en su propio lugar. Su lugar es la tierra, y no el Cosmos, como algunos afirman a veces con palabras impías.

Pero quien es devoto de Dios soportará todas las cosas una vez que haya percibido la Gnosis. Para una persona así, todas las cosas, aunque para otros sean malas, son buenas para él; deliberadamente las remite todas a la Gnosis. Y, lo que es aún más admirable, solo él es capaz de convertir las cosas malas en buenas.

5.

Pero volvamos una vez más al Discurso (Logos)


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sobre el sentido. Que el sentido comparta con el pensamiento en el ser humano es lo que constituye al ser humano como tal. Pero no todos los seres humanos, como he dicho, se benefician del pensamiento; pues uno es material y el otro es sustancial.

Porque el ser humano material, como he dicho, al relacionarse con el mal, recibe de los daimones la semilla de su pensamiento; mientras que los seres humanos sustanciales, al relacionarse con el Bien, son salvados por Dios.

Ahora bien, Dios es el Creador de todas las cosas y, al crearlas, hace que todas terminen siendo semejantes a Él; pero estas, mientras se vuelven buenas mediante el ejercicio de su actividad, son cosas que no producen fruto.

Es la acción del Curso Cósmico² la que determina en qué se convierten sus nacimientos, contaminando a unos con el mal y purificando a otros mediante el bien.

Porque el Cosmos también, Asclepio, posee su propio sentido y pensamiento, distintos de los del ser humano; no son tan variados, sino, por así decirlo, mejores y más simples.

6.

El único sentido y pensamiento del Cosmos consiste en hacer todas las cosas y hacer que vuelvan a sí mismo, como instrumento de la Voluntad de Dios. Está organizado de tal manera que, al recibir en sí mismo todas las semillas procedentes de Dios y conservarlas dentro de sí, pueda manifestarlas todas y, después, al disolverlas, hacerlas nacer de nuevo.

Y así, como un buen jardinero de la Vida, toma para sí las cosas que han sido disueltas y les concede nuevamente la renovación.

No existe nada a lo que no dé vida; al tomarlo todo para sí, hace que todo viva, y al mismo tiempo es el Lugar de la Vida y su Creador.


7.

Ahora bien, los cuerpos hechos de materia presentan diversidad. Algunos son de tierra, otros de agua, otros de aire y otros de fuego.

Pero todos están compuestos; algunos son más complejos y otros más simples. Los más pesados son más compuestos, y los más ligeros lo son menos.

Es la velocidad del Curso del Cosmos la que produce la multiplicidad de las clases de nacimientos. Pues, siendo un Aliento sumamente veloz, otorga sus cualidades a los cuerpos junto con el Pleroma único, el de la Vida.

8.

Dios, por tanto, es el Padre del Cosmos; y el Cosmos es el padre de todo lo que hay en el Cosmos. Y el Cosmos es Hijo de Dios; pero las cosas que existen en el Cosmos existen por medio del Cosmos.


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Y con razón ha recibido el nombre de Cosmos [Orden], porque ordena¹ todas las cosas mediante la diversidad de sus nacimientos, porque no deja nada sin vida, por la incansable actividad de su funcionamiento, por la rapidez de su necesidad, por la composición de sus elementos y por el orden de sus criaturas.

Por tanto, necesariamente y con toda propiedad, debe llamarse Orden.

Así pues, el sentido y el pensamiento de todos los seres vivos les llegan desde fuera, insuflados por aquello que los contiene a todos; mientras que el Cosmos los recibe de una vez y en su totalidad junto con su propia aparición, y los conserva como un don de Dios.

9.

Pero Dios no está, como algunos creen, fuera del alcance del sentido y del pensamiento. Es por superstición que los hombres hablan así impíamente.

Porque todas las cosas que existen, Asclepio, están en Dios, han llegado a existir por medio de Dios y dependen de Él: tanto las cosas que actúan mediante los cuerpos, como las cosas que hacen que otras se muevan mediante la sustancia del alma, y las cosas que hacen vivir a otras por medio del espíritu, y las cosas que toman para sí aquello que se ha desgastado.

Y con razón es así. Más aún, preferiría decir que Él no «tiene» estas cosas; hablando con verdad, Él mismo es todas ellas. Él no las recibe de fuera, sino que las hace surgir de sí mismo.


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Este es el sentido y el pensamiento de Dios: mover todas las cosas eternamente. Y nunca llegará un momento en que siquiera una pequeña parte de lo que existe deje de existir; y cuando digo «una pequeña parte de lo que existe», quiero decir una pequeña parte de Dios. Porque Dios contiene todo lo que existe, y nada existe fuera de Él, ni Él existe separado de nada.

10.

Estas cosas deberían parecerte verdaderas, Asclepio, si las comprendes; pero, si no las comprendes, te parecerán increíbles.

Comprender es creer; no creer es no comprender.

Mi Logos va delante de ti¹ hacia la verdad. Pero poderosa es la Mente y, cuando ha sido conducida por el Logos hasta cierto punto, tiene el poder de adelantarse [a ti²] hacia la verdad.

Y después de haber reflexionado sobre todas estas cosas y haber descubierto que concuerdan con aquello que ya había sido transmitido mediante la razón,³ la Mente ha creído [incluso ahora] y ha encontrado descanso en esa Bella Fe.

Por tanto, para quienes, con la ayuda de Dios, comprenden las cosas que hemos expuesto anteriormente,


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son creíbles; pero para quienes no las comprenden, resultan increíbles.

Que esto sea suficiente, pues, acerca del pensamiento y el sentido.

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Sappho, spelled (in the dialect spoken by the poet) Psappho, (born c. 610, Lesbos, Greece — died c. 570 BCE). A lyric poet greatly admired in all ages for the beauty of her writing style.

Her language contains elements from Aeolic vernacular and poetic tradition, with traces of epic vocabulary familiar to readers of Homer. She has the ability to judge critically her own ecstasies and grief, and her emotions lose nothing of their force by being recollected in tranquillity.

Marble statue of Sappho on side profile.

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