Corpus Hermeticum XVIII: El Elogio de los Reyes | Traducción al Español

EL ELOGIO DE LOS REYES

(Sobre cómo el alma se ve obstaculizada por las pasiones del cuerpo)

(Texto: R. 355-360; Pat. al final.)

1.

Ahora bien, en el caso de quienes practican el arte armonioso de la música, semejante al de las Musas, si, cuando se interpreta una pieza, la discordancia de los instrumentos dificulta su ejecución, el resultado se vuelve ridículo.

Porque cuando sus instrumentos son demasiado débiles para lo que se exige de ellos, el músico necesariamente se convierte en objeto de burla para el público.

Sin embargo, él ofrece su arte incansablemente y con toda su buena voluntad; lo que se reprocha es la debilidad del instrumento.

Así también, Dios, que es el Músico por naturaleza, no solo crea la armonía de sus cantos celestiales, sino que también hace descender el ritmo de la melodía de su propio canto

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hasta cada uno de los instrumentos particulares.¹ Y, como Dios, jamás se cansa.

Porque en Dios no existe el cansancio.

2.

Así pues, si alguna vez un músico desea participar en la más alta competición de su arte, puede hacerlo cuando los trompetistas han interpretado la misma frase de la composición del maestro, y después los flautistas han ejecutado en sus instrumentos las dulces notas de la melodía, y finalmente completan la música de la pieza con la flauta de Pan y el plectro.²

Si algo sale mal, nadie atribuye la culpa a la inspiración del creador de la música.

Al contrario, se le concede el respeto que merece y se culpa a la imperfección del instrumento, porque se ha convertido en un obstáculo para quienes son excelentes: dificulta al creador de la música la ejecución de su melodía y priva a quienes escuchan de la dulzura del canto.

3.

Del mismo modo, en nuestro caso, que ninguno de nuestros oyentes

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culpe impíamente a nuestra Raza por la debilidad inherente al cuerpo.¹

Más bien, debe saber que Dios es Espíritu incansable,² siempre en posesión de su propia ciencia, siempre concediendo con alegría sus dones y otorgando en todas partes los mismos beneficios.

4.

Y si el Fidias —el Demiurgo— no recibe una respuesta adecuada porque falta la materia necesaria para llevar a término su habilidad, aunque por su parte el Artista haya hecho todo lo que estaba en sus manos, no debemos culparlo a Él.

Debemos culpar, más bien, a la debilidad de la cuerda,³ porque, al estar demasiado floja o demasiado tensa, altera el ritmo de la armonía.

5.

Así pues, cuando el problema surge por causa del instrumento, nadie culpa al Artista.

Al contrario: cuanto peor resulta ser el instrumento, mayor es la reputación que obtiene el Artista por la frecuencia con que su mano consigue producir la nota correcta,⁴ y tanto mayor es el amor que quienes escuchan sienten por ese Músico,

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sin pensar en lo más mínimo en culparlo.¹

Así también nosotros, nobles señores, afinemos de nuevo nuestra propia lira interiormente, en armonía con el Músico.

6.

Es más, he visto a uno de esos artistas,² aunque no tenía capacidad para tocar la lira, que, una vez instruido en un tema verdaderamente noble, utilizó muchas veces su propio cuerpo como instrumento y, mediante misterios, afinó el servicio de su cuerda, de modo que quienes lo escuchaban quedaron maravillados al ver cómo transformaba la necesidad en magnificencia.³

Por supuesto, conocen la historia del arpista que obtuvo el favor del Dios que preside las artes musicales.

Un día, mientras tocaba para conseguir el premio y la rotura de una cuerda se convirtió en un obstáculo para él durante la competición, el favor del Mejor hizo que recibiera otra cuerda y puso en sus manos el don de la fama.

Una cigarra fue llevada a posarse sobre su lira, por previsión del Mejor,

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y así completó la melodía en sustitución de la cuerda rota.¹

De este modo, al repararse la cuerda, cesó la aflicción del arpista y obtuvo la gloria de la victoria.

7.

Y siento que este es también mi propio caso, nobles señores.

Hace un momento parecía confesar mi falta de fuerzas y representar durante un breve tiempo el papel del débil; pero ahora, gracias a la fuerza de Aquel que es Superior, como si Él hubiera perfeccionado mi canto sobre el Rey, siento que mi Musa vuelve a despertar.

Porque deben saber que el propósito final de nuestro deber será la gloriosa fama de los Reyes, y que la buena voluntad de nuestro discurso (logos) se ocupará de los triunfos que ellos alcanzan.

¡Vamos, pues, apresurémonos! Porque el cantor lo desea y ya ha afinado su lira² para este propósito; es más, tocará con mayor dulzura y cantará con mayor adecuación cuanto más grandes sean los temas de su canto.

8.

Puesto que, entonces, ha afinado especialmente su lira para los Reyes, posee la clave de los cantos de alabanza y tiene como meta las alabanzas reales, que primero se eleve hasta el Rey supremo, el Dios de todas las cosas.

Comenzando su canto desde lo alto, descenderá después, en segundo lugar, hacia aquellos que se asemejan a Él y que poseen el poder del cetro;¹ porque los propios Reyes prefieren que los temas del canto desciendan paso a paso desde lo alto y que, desde allí donde las victorias les son concedidas y presididas, sus esperanzas sean conducidas en una sucesión ordenada.

9.

Que el cantor comience, entonces, con Dios, el mayor Rey de todas las cosas, que está eternamente libre de la muerte, que es eterno y posee todo el poder de la eternidad; el Victorioso glorioso, el primero de todos, de quien descienden todas las victorias hacia aquellos que, sucesivamente, alcanzan la victoria.²

10.

Nuestro discurso (logos) se apresura ahora a descender hacia las alabanzas de los Reyes y de quienes presiden el bien común y la paz: los Reyes, cuyo poder, desde tiempos antiquísimos, fue colocado por el Dios Supremo en la posición más elevada; para quienes los premios ya habían sido preparados antes incluso de que demostraran su valor en la guerra; para quienes los trofeos ya habían sido erigidos antes incluso del enfrentamiento.

A ellos les ha sido concedido no solo ser Reyes, sino también ser los mejores.

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Ante ellos, incluso antes de que se pongan en movimiento, tiembla la tierra extranjera.¹

(Sobre la bendición del Mejor y la alabanza del Rey)

11.

Pero ahora nuestro tema (logos) se apresura a unir su final con sus comienzos: con la bendición del Mejor;² y después a poner fin a su discurso (logos) sobre aquellos Reyes divinísimos que nos conceden el gran premio de la paz.

Pues, así como comenzamos hablando del Mejor y del Poder que está por encima de todo, hagamos también que el final vuelva sobre sí mismo y regrese al mismo punto: el Mejor.

Así como el Sol, que alimenta a todos los seres que crecen, cuando sale por primera vez recoge con sus poderosas manos los primeros frutos de su cosecha, utilizando sus rayos como si fueran manos para arrancar sus frutos —pues, en verdad, los rayos son manos para aquel que primero recoge las esencias más ambrosíacas de las plantas—, así también nosotros, comenzando por el Mejor y recibiendo de ese modo el flujo de su sabiduría, y dirigiéndolo hacia el jardín de nuestras almas, situado por encima de los cielos,

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debemos conducir y devolver esos dones de bendición hacia su fuente, aquella cuya fuerza germinadora completa Él mismo ha derramado en nosotros.¹

12.

Es apropiado emplear diez mil lenguas y voces para devolver sus bendiciones al Dios absolutamente puro, que es el Padre de nuestras almas; y aunque no podamos expresar lo que sería apropiado —pues estamos muy por debajo de una tarea semejante—, diremos al menos lo mejor que podamos.

Porque los niños recién nacidos no tienen fuerzas para cantar la gloria de su Padre como debería cantarse; pero le dan las gracias de acuerdo con sus fuerzas y reciben el perdón por su debilidad.²

Más bien, la gloria de Dios consiste precisamente en esto: en que Él es mayor que sus hijos; y que el principio, la fuente, el centro y el fin de todas las bendiciones consisten en reconocer que el Padre posee un poder infinito y que jamás conoce límite alguno.

13.

Lo mismo sucede también en el caso del Rey.

Pues nosotros, los seres humanos, como si fuéramos hijos del Rey, sentimos que es nuestro deber natural alabarlo. Sin embargo, debemos pedir perdón por nuestra insuficiencia, aunque nuestro Padre ya nos lo concede antes incluso de que se lo pidamos.

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Y así como el Padre no se apartaría de los niños recién nacidos porque sean tan débiles, sino que más bien se alegraría cuando comenzaran a reconocer su amor,¹ así también se alegra la Gnosis del Todo, que distribuye la vida a todos y nos concede el poder de devolver a Dios la bendición que Él mismo nos ha dado.

14.

Porque Dios, siendo Bueno, teniendo eternamente en Sí mismo el límite de su propia perfección eterna, siendo inmortal y conteniendo en Sí mismo la porción de una herencia que no puede llegar a su fin, y fluyendo eternamente desde su propia actividad, envía noticias a este mundo de aquí abajo para impulsarnos a ofrecer una alabanza que nos haga regresar a nuestro hogar.²

Con Él,³ por tanto, no existe diferencia entre unos y otros; no hay favoritismo⁴ en Él.

Todos son uno en el Pensamiento. Una sola es la Presciencia⁵ de todo. Una sola es la Mente: su Padre.

Uno solo es el Sentido que actúa a través de ellos:

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su amor mutuo.¹ Es el Amor² mismo quien produce la única armonía de todas las cosas.

15.

Así pues, cantemos la alabanza de Dios.

O mejor dicho, descendamos primero hasta aquellos que han recibido de Él sus cetros.

Porque debemos comenzar con nuestros Reyes y, ejercitándonos en ellos, acostumbrarnos a los cantos de alabanza y prepararnos para el servicio piadoso al Mejor.

Debemos comenzar nuestro ejercicio de alabanza con él,³ y practicar por medio de él este ejercicio, de modo que haya en nosotros tanto la práctica de nuestra piedad hacia Dios como nuestra alabanza a los Reyes.

16.

Porque debemos devolverles lo que les corresponde, ya que han extendido hasta nosotros la prosperidad de una paz tan grande.

Es la virtud del Rey —más aún, es su propio nombre— lo que establece la paz.

Se llama Rey porque allana con su paso firme las cumbres de la discordia⁴ y es señor del logos que conduce a la paz.

Y puesto que, en verdad, se ha convertido en el protector natural de un reino que no es su tierra natal,¹ su propio nombre se convierte en signo de paz.

Pues, como bien saben, el título de Rey ha bastado muchas veces para contener de inmediato al enemigo.

Más aún, hasta las propias estatuas del Rey son puertos de paz para quienes se encuentran más azotados por la tormenta.

La sola imagen del Rey basta para anunciar la victoria y garantizar a todos los ciudadanos libertad frente al daño y al miedo.

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Sappho, spelled (in the dialect spoken by the poet) Psappho, (born c. 610, Lesbos, Greece — died c. 570 BCE). A lyric poet greatly admired in all ages for the beauty of her writing style.

Her language contains elements from Aeolic vernacular and poetic tradition, with traces of epic vocabulary familiar to readers of Homer. She has the ability to judge critically her own ecstasies and grief, and her emotions lose nothing of their force by being recollected in tranquillity.

Marble statue of Sappho on side profile.

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