CORPUS HERMETICUM III (IV)
EL SERMÓN SAGRADO DE HERMES
Texto: P. 31–33; Pat. 8b–9.
1.
La Gloria de todas las cosas es Dios, la Divinidad y la Naturaleza divina. Dios es la fuente de todo cuanto existe; Él es a la vez Mente y Naturaleza, y también Materia, la Sabiduría que revela todas las cosas. La fuente [es también] la Divinidad, y asimismo la Naturaleza, la Energía, la Necesidad, el Fin y la Renovación.¹
Había en el Abismo una Oscuridad sin límites, y también Agua y un Sutil Aliento inteligente; estas cosas se encontraban en el Caos por el Poder de Dios.
Entonces surgió la Luz sagrada; y, bajo el Espacio seco,² se separaron de la Sustancia húmeda los Elementos. Y todos los dioses fueron separando y ordenando las cosas de la Naturaleza fecunda.
2.
Cuando todas las cosas eran todavía indefinidas y no habían sido formadas, las cosas ligeras fueron destinadas a las alturas, mientras que las pesadas establecieron sus fundamentos debajo de la parte húmeda del Espacio seco.¹ Las cosas universales quedaron delimitadas por el Fuego y suspendidas en el Aliento para mantenerlas en su lugar.
Y² el Cielo apareció dividido en siete círculos; sus dioses se hicieron visibles bajo la forma de estrellas, junto con todos sus signos. Y la Naturaleza quedó articulada en sus distintas partes, unidas entre sí y con los dioses que estaban en ella. Y la periferia [del Cielo] giraba en un movimiento circular, impulsada por el Aliento de Dios.
3.
Y cada dios, mediante su propio poder, produjo aquello que le había sido asignado. Así aparecieron los animales de cuatro patas, los reptiles, los seres que viven en el agua, los seres alados y todo cuanto produce semillas; también la hierba y los brotes de toda clase de flores, todos ellos llevando dentro de sí la semilla de su propia renovación.³
Y ellos escogieron⁴ los nacimientos⁵ de los seres humanos para que conocieran las obras de Dios y fueran testigos de la actividad de la Naturaleza; y [escogieron] a la multitud de los seres humanos para que ejercieran dominio sobre todo lo que está bajo el Cielo y conocieran sus beneficios, de modo que crecieran en número y se multiplicaran cada vez más.
Y cada alma, revestida de carne mediante el movimiento circular de los Dioses cíclicos, [fue destinada] a contemplar las maravillas del Cielo, la revolución de los Dioses celestes y las obras de Dios y la actividad de la Naturaleza; a reconocer, mediante estas cosas, las manifestaciones de sus beneficios; a conocer el poder de Dios; a comprender los destinos que siguen a las acciones buenas y malas; y a aprender el dominio de todas las artes útiles y nobles.
4.
Así comienza su vida y su adquisición de sabiduría, conforme al destino establecido por el movimiento circular de los Dioses cíclicos; y también su muerte, ordenada con este mismo propósito.
Y sus obras dejarán sobre la tierra grandes monumentos de su actividad, dejando tras de sí una huella, aunque tenue, cuando los ciclos vuelvan a renovarse.
Porque todo nacimiento de un ser de carne dotado de alma, todo fruto nacido de una semilla y toda obra realizada por las manos humanas, aunque se desintegre, necesariamente volverá a renovarse, tanto mediante la renovación de los Dioses como mediante el giro de la rueda rítmica de la Naturaleza.
Pues, así como la Divinidad es la eterna renovación de la mezcla cósmica, la propia Naturaleza está también establecida juntamente con esa Divinidad.

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