SOLO EN DIOS ESTÁ EL BIEN Y EN NINGÚN OTRO LUGAR
DE HERMES A ASCLEPIO
(Texto: P. 48–53; Pat. 14a–15a.)
1.
El Bien, oh Asclepio, no se encuentra en ningún otro ser salvo únicamente en Dios; más aún, el Bien es Dios mismo eternamente.
Si esto es así, [el Bien] debe ser la esencia, libre de todo movimiento y devenir (aunque nada está libre de Él), dotada de una actividad estable en sí misma, nunca insuficiente ni excesiva, sino siempre plenamente completa. [Aunque es] uno, [es también] la fuente de todo, porque aquello que provee a todas las cosas es el Bien. Y cuando digo que [provee] absolutamente [a todo], quiero decir que es eternamente Bien. Pero esto no pertenece a nadie más que únicamente a Dios.
Porque Él no necesita nada, de modo que, si lo deseara, pudiera carecer de ello y ser malo; ni puede perderse para Él una sola de las cosas que existen, cuya pérdida pudiera causarle sufrimiento, porque el sufrimiento forma parte del mal.
Tampoco existe nada superior a Él que pudiera someterlo; ni nadie igual a Él que pudiera hacerle daño, o [por cuya causa] pudiera enamorarse; ni existe nada que se niegue a escucharlo y que pudiera hacer que se enfadara; ni hay nada más sabio que Él que pudiera despertar su envidia.
2.
Ahora bien, puesto que ninguna de estas cosas existe en su ser, ¿qué queda sino únicamente el Bien?
Porque, así como en un Ser tan trascendente no se encuentra absolutamente nada de mal, tampoco se encontrará el Bien en ninguno de los demás seres.
Pues en todos ellos se encuentran todas las demás cosas, 1 tanto en lo pequeño como en lo grande, tanto en cada ser individualmente como en este ser viviente 2 que es mayor y más poderoso que todos ellos.
Porque las cosas sujetas al nacimiento 3 están llenas de pasiones, ya que todo nacimiento implica estar sujeto a ellas. Pero donde hay pasión, en ninguna parte está el Bien; y donde está el Bien, no existe ninguna pasión.
Porque donde está el día, en ninguna parte está la noche; y donde está la noche, el día no está en ninguna parte.
Por eso, en el devenir, el Bien nunca puede encontrarse, sino únicamente en aquello que no ha sido generado.
Sin embargo, puesto que a la materia se le ha concedido participar de todas las cosas, también participa del Bien.
De este modo, el Cosmos es bueno: en la medida en que hace todas las cosas, es bueno en cuanto a su actividad creadora; pero en todo lo demás no es bueno. Porque está sujeto a las pasiones y al movimiento, y es creador de cosas sujetas a las pasiones.
3.
En cambio, en el ser humano, el bien se determina por una mayor o menor presencia del mal. Porque aquello que aquí abajo no es demasiado malo se considera bueno; y lo que aquí abajo llamamos bueno es la parte más pequeña del mal.
Por lo tanto, no puede suceder que el bien de aquí abajo esté completamente libre del mal, porque aquí abajo el bien está contaminado por el mal; y al estar contaminado, deja de ser bueno, y al dejar de serlo, se transforma en mal.
Por tanto, solo en Dios está el Bien; o, más bien, el Bien es Dios mismo.
Así pues, Asclepio, entre los seres humanos solo se encuentra el nombre de «Bien»; la realidad misma del Bien no se encuentra en ninguna parte [entre ellos], porque esto nunca puede suceder.
Pues ningún cuerpo material puede contenerlo, 1 ya que está rodeado por todas partes de mal: trabajos, sufrimientos, deseos y pasiones, errores y pensamientos insensatos.
Y el mayor de todos los males, Asclepio, es que cada una de estas cosas que hemos mencionado se considera aquí abajo como el bien supremo.
Y un mal todavía mayor es la gula, el error que conduce a todos los demás males, aquello que hace que aquí abajo nos apartemos del Bien.
4.
Por mi parte, doy gracias a Dios porque ha puesto en mi mente el conocimiento del Bien: que nunca puede ser [el Bien] 1 aquello que está en el mundo. 2 Porque el mundo está «lleno» 3 de mal, mientras que Dios está lleno de Bien, y el Bien está en Dios.
Las excelencias de lo Bello rodean la esencia misma [del Bien]; más aún, parecen ser demasiado puras, demasiado libres de toda mezcla; quizá sean ellas mismas sus esencias.
Porque uno puede atreverse a decir, Asclepio —si verdaderamente Él tiene una esencia—, que la esencia de Dios es lo Bello; y lo Bello es también el Bien.
No existe ningún Bien que pueda obtenerse de los objetos del mundo. Porque todas las cosas que están al alcance de la vista son como imágenes y representaciones, mientras que aquellas que no se ofrecen a la vista son las realidades 4, especialmente [la esencia] de lo Bello y del Bien.
Así como el ojo no puede ver a Dios, tampoco puede contemplar lo Bello y el Bien. Porque ambos son partes integrales de Dios, unidos únicamente a Él, compañeros inseparables y muy amados, con quienes Dios mismo está enamorado, o que están enamorados de Dios.
5.
Si eres capaz de concebir a Dios, concebirás lo Bello y el Bien, que trascienden la Luz y que Dios ha hecho aún más luminosos que la Luz. Esa Belleza está más allá de toda comparación, y ese Bien es inimitable, tal como Dios mismo.
Por tanto, cuando concibas a Dios, concibe también lo Bello y el Bien. Porque no pueden unirse a ninguna otra cosa viviente, ya que jamás pueden separarse de Dios.
Si buscas a Dios, estás buscando lo Bello. Hay un único Camino que conduce hacia Él: la Devoción unida al Conocimiento (Gnosis).
6.
Y por eso quienes no conocen ni recorren el Camino de la Devoción se atreven a llamar bello y bueno al ser humano, aunque este jamás haya visto, ni siquiera en sus visiones, nada que sea verdaderamente Bueno, sino que está envuelto en toda clase de mal y considera bueno lo malo. Así, hace un uso constante de ello e incluso teme que le sea quitado, esforzándose con todas sus fuerzas no solo por conservarlo, sino también por aumentarlo.
Estas son las cosas que los seres humanos llaman buenas y bellas, Asclepio, cosas de las que no podemos escapar ni que podemos odiar; porque lo más difícil de todo es que las necesitamos y no podemos vivir sin ellas.

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