A ASCLEPIO
(Texto: pp. 19-30; Pat. 18b-20.)
1.
Hermes. —Dime, Asclepio: todo lo que se mueve, ¿no se mueve en algo y por algo?
Asclepio. —Ciertamente.
Hermes. —Y aquello en lo que algo se mueve, ¿no tiene que ser mayor que aquello que se mueve?
Asclepio. —Tiene que serlo.
Hermes. —Y, de nuevo, ¿el que mueve no tiene mayor poder que aquello que es movido?
Asclepio. —Por supuesto.
Hermes. —Además, la naturaleza de aquello en lo que algo se mueve debe ser completamente distinta de la naturaleza de lo que se mueve.
Asclepio. —Completamente distinta.
2.
Hermes. —Y este cosmos, ¿no es tan vasto que no existe ningún cuerpo mayor que él?
Asclepio. —Ciertamente.
Hermes. —Y también es enorme, pues está lleno de innumerables estructuras poderosas; más aún, contiene todos los demás cuerpos que existen.
Asclepio. —Así es.
Hermes. —Y, sin embargo, el cosmos es un cuerpo.
Asclepio. —Lo es.
Hermes. —¿Y un cuerpo que se mueve?
Asclepio. —Ciertamente.
3.
Hermes. —Entonces, ¿de qué tamaño debe ser el espacio en el que se mueve? ¿Y de qué naturaleza debe ser ese espacio? ¿No tiene que ser mucho más vasto que el cosmos, para poder darle lugar en su movimiento continuo, de modo que aquello que se mueve no quede constreñido por falta de espacio y pierda su movimiento?
Asclepio. —Necesariamente tiene que ser algo inmensamente vasto, Trismegisto.
4.
Hermes. —¿Y de qué naturaleza? ¿No tiene que ser, Asclepio, precisamente de naturaleza contraria? ¿Y no es lo contrario de un cuerpo lo incorpóreo?
Asclepio. —De acuerdo.
Hermes. —Entonces, el espacio es incorpóreo. Y lo incorpóreo debe ser o bien algo divino o bien Dios mismo. Y por «algo divino» no me refiero a algo que haya llegado a existir, sino a algo no generado.¹
5.
Si, por tanto, el espacio es algo divino, posee sustancia;¹ pero si es Dios mismo, trasciende la sustancia. Sin embargo, debemos concebirlo de otra manera, y de este modo.
Dios es, en primer lugar, «objeto de pensamiento»² para nosotros, no para Él mismo, pues aquello que es pensado queda por debajo de quien piensa. Dios, por tanto, no puede ser «objeto de pensamiento» para Él mismo, ya que, cuando se piensa a sí mismo, no piensa que sea algo distinto de aquello que piensa. Pero Él es «algo distinto» para nosotros, y por eso nosotros podemos pensarlo.
6.
Si, por tanto, el espacio ha de ser objeto de pensamiento, no debemos pensarlo como Dios, sino como espacio. Y si Dios también ha de ser objeto de pensamiento, no debemos concebirlo como espacio, sino como la energía capaz de contener todo el espacio.
Además,³ todo lo que se mueve se mueve no en aquello que se mueve, sino en aquello que permanece inmóvil. Y aquello que mueve a otra cosa permanece, por supuesto, inmóvil, pues es imposible que se mueva junto con aquello que mueve.
Asclepio. —Entonces, ¿cómo es que las cosas de aquí abajo se mueven junto con las que ya están en movimiento? Pues tú has dicho⁴ que las esferas errantes son movidas por la esfera inerrante.
Hermes. —No se trata, Asclepio, de un movimiento «junto con», sino de un movimiento «contra». No se mueven unas con otras, sino unas contra otras.
7.
Es precisamente esta oposición la que convierte la resistencia de sus movimientos en reposo. Pues esa resistencia es el reposo del movimiento.
Por eso también las esferas errantes, al moverse en sentido contrario a la esfera inerrante, son movidas unas por otras mediante su oposición mutua y, asimismo, por la esfera estable mediante esa misma oposición. De otro modo, esto no podría suceder.
Las Osas⁵ de allá arriba, que ni se ponen ni salen, ¿crees que permanecen en reposo o que se mueven?
Asclepio. —Se mueven, Trismegisto.
Hermes. —¿Y qué clase de movimiento tienen, Asclepio?
Asclepio. —Un movimiento que gira eternamente alrededor de lo mismo.
Hermes. —Pero la revolución —el movimiento alrededor de lo mismo— queda fijada por el reposo. Pues «alrededor de lo mismo» detiene aquello que está «más allá de lo mismo». Y cuando lo «más allá de lo mismo» queda detenido, si se mantiene estable en el «alrededor de lo mismo», lo contrario permanece firme, hecho eternamente estable por su oposición.
8.
Te daré aquí en la tierra un ejemplo que puede ver el ojo. Observa a los animales de aquí abajo; por ejemplo, un hombre que está nadando. El agua se mueve, pero la resistencia que ofrecen sus manos y sus pies le proporciona estabilidad, de modo que no es arrastrado junto con el agua ni se hunde a causa de ella.
Asclepio. —Has dado, Trismegisto, un ejemplo muy claro.
Hermes. —Todo movimiento, entonces, se produce dentro de algo que permanece inmóvil y por medio de aquello que permanece inmóvil.
Por tanto, el movimiento del cosmos —y de todo otro ser viviente corpóreo⁶— no será causado por cosas exteriores al cosmos, sino por cosas que, desde el interior, actúan hacia el exterior: el alma, el espíritu o alguna otra realidad incorpórea semejante.
No es su cuerpo el que mueve al ser vivo que contiene; ni siquiera el cuerpo entero del universo puede mover a un cuerpo menor, aunque este carezca de vida.⁷
9.
Asclepio. —¿Qué quieres decir con esto, Trismegisto? ¿Acaso no son los cuerpos los que mueven un tronco, una piedra y todas las demás cosas inanimadas?
Hermes. —De ninguna manera, Asclepio. Aquello que está dentro del cuerpo y que mueve la cosa inanimada no es un cuerpo, pues mueve a los dos: tanto al cuerpo que levanta como al cuerpo que es levantado. Así pues, una cosa sin vida no puede mover a otra cosa sin vida. Aquello que mueve otra cosa está animado, precisamente porque es lo que mueve.
Ya ves, entonces, cuán grande es la carga que soporta el alma, pues ella sola levanta dos cuerpos.
Además, que las cosas que se mueven lo hacen tanto «en algo» como «por algo» resulta evidente.
10.
Asclepio. —Sí, Trismegisto. Las cosas que se mueven necesariamente deben moverse en un espacio vacío.⁸
Hermes. —Hablas bien, Asclepio.⁹ Porque nada de cuanto existe está vacío. Solo aquello que «no es» está vacío y es ajeno a la existencia. Pues lo que existe no puede transformarse jamás en vacío.¹⁰
Asclepio. —Entonces, Trismegisto, ¿no existen cosas como un barril vacío, por ejemplo, o una jarra vacía, una copa, una tina y otros recipientes semejantes?
Hermes. —¡Ay, Asclepio, qué lejos estás de la verdad! ¿Crees que aquello que está completamente lleno y colmado puede estar vacío?
11.
Asclepio. —¿Qué quieres decir, Trismegisto?
Hermes. —¿No es el aire un cuerpo?
Asclepio. —Lo es.
Hermes. —Y este cuerpo, ¿no penetra todas las cosas y, al penetrarlas, las llena? Y un «cuerpo», ¿no está compuesto por la mezcla de los cuatro elementos?¹¹
Todo lo que tú llamas vacío está, por tanto, lleno de aire; y, si está lleno de aire, está lleno de los cuatro elementos.
Pero también se sigue lo contrario: todo lo que tú llamas lleno está vacío de aire, pues su espacio ya está ocupado por otros cuerpos y, por ello, no puede recibir aire en su interior.
Así pues, esos objetos que tú llamas «vacíos» deberían llamarse «huecos», no «vacíos», porque no solo existen, sino que están llenos de aire y de espíritu.
12.
Asclepio. —Tu argumento (logos), Trismegisto, no puede ser refutado: el aire es un cuerpo. Además, este cuerpo penetra todas las cosas y, al penetrarlas, las llena. Entonces, ¿cómo debemos llamar al espacio en el que se mueve el Todo?
Hermes. —Lo Incorpóreo, Asclepio.
Asclepio. —¿Y qué es lo Incorpóreo?
Hermes. —Es la Mente y la Razón (Logos), el Todo surgido del Todo, que lo abarca todo en sí mismo; está libre de todo cuerpo y de todo error, es insensible al cuerpo e intangible, permanece en sí mismo, contiene todas las cosas y preserva cuanto existe.
Sus rayos son, por así decirlo, el Bien, la Verdad y la Luz más allá de la luz; y es el Arquetipo del alma.
Asclepio. —Entonces, ¿qué es Dios?
13.
Hermes. —No es ninguna de estas cosas. Él es quien hace que todas ellas existan: todas y cada una de las cosas que existen.
No ha dejado fuera nada que «no sea», sino que todas las cosas proceden de lo que es y no de lo que no es. Porque aquello que «no es» carece por naturaleza de toda capacidad de ser algo; más bien posee la naturaleza de la imposibilidad de existir.
Y, a la inversa, aquello que existe no posee la naturaleza de dejar de existir en algún momento.
14.
Asclepio. —Entonces, ¿qué dices que es Dios?
Hermes. —Dios, por tanto, no es la Mente, sino la Causa de que exista la Mente. Dios no es el Espíritu, sino la Causa de que exista el Espíritu. Dios no es la Luz, sino la Causa de que exista la Luz.
Por eso debemos honrar a Dios con estos dos nombres: el Bien y el Padre, nombres que le pertenecen exclusivamente a Él y a nadie más.
Ninguno de los otros llamados dioses, ni los seres humanos ni los daimones, puede ser bueno en ningún sentido; solo Dios es el Bien. Él es únicamente el Bien y nada más.
Todo lo demás puede separarse de la naturaleza del Bien, pues todo lo demás está constituido por alma y cuerpo, y estos no tienen espacio capaz de contener el Bien.¹²
15.
Porque la grandeza del Bien es tan inmensa como el Ser de todas las cosas que existen: tanto de los cuerpos como de las realidades incorpóreas, tanto de las cosas sensibles como de las inteligibles.
Por tanto, no llames «Bueno» a ninguna otra cosa, pues cometerías impiedad; ni llames «Dios» a nada en ningún momento excepto al Bien, pues volverías a cometer impiedad.
16.
Aunque todos hablan del Bien, no todos comprenden qué es realmente.
Por tanto, no solo Dios es incomprendido por todos, sino que, por ignorancia, algunos seres humanos e incluso algunos dioses dan el nombre de «Bueno» a otros seres, aunque estos nunca puedan ser ni llegar a ser el Bien.
Pues son completamente diferentes de Dios, mientras que el Bien jamás puede distinguirse de Él, porque Dios es lo mismo que el Bien.
Los demás seres inmortales reciben, no obstante, el nombre de «Dios» y son llamados dioses. Pero Dios es el Bien no por una concesión honorífica, sino por naturaleza. Pues la naturaleza de Dios y la del Bien son una sola; uno es el género de ambos, del cual proceden todos los demás géneros.
El Bien es aquel que da todas las cosas y no recibe nada.¹³ Dios, por tanto, da todas las cosas y no recibe nada.
Dios es, pues, el Bien, y el Bien es Dios.
17.
El otro nombre de Dios es Padre, porque Él es quien hace que todas las cosas existan. La función del padre es crear.
Por eso, engendrar hijos es una acción muy grande y sagrada en la vida para quienes piensan correctamente, mientras que abandonar esta vida terrenal sin haber tenido hijos es una gran desgracia y una impiedad.
Y aquel que no tiene hijos será castigado por los daimones después de la muerte.
¿Y cuál es el castigo? Que el alma de ese hombre que no tuvo hijos será condenada a habitar un cuerpo que no tendrá naturaleza ni masculina ni femenina: una criatura maldita bajo el sol.
Por eso, Asclepio, no tengas compasión del hombre que no tiene hijos, sino que compadece su desgracia, sabiendo qué castigo le espera.
Que todo lo que se ha dicho, Asclepio, te sirva como introducción al conocimiento (gnosis) de la naturaleza de todas las cosas.

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