• Prólogo inicial de las Historias de Polibio

    Introducción

    La importancia y magnitud del tema

    Quizá habría sido mi deber exhortar a los lectores a elegir y estudiar especialmente esta clase de relatos, por ser el medio más eficaz de que disponen los hombres para corregir y perfeccionar su conocimiento del pasado. Pero mis predecesores no han sido parcos a este respecto. Todos ellos han comenzado y terminado, por así decirlo, extendiéndose sobre este tema: afirmando una y otra vez que el estudio de la Historia es, en el sentido más verdadero, una educación y una preparación para la vida política; y que el método más instructivo —o, mejor dicho, el único— para aprender a soportar con dignidad los cambios de la fortuna consiste en recordar las desgracias de otros.

    Es evidente, por tanto, que nadie necesita considerar deber suyo repetir lo que muchos ya han dicho, y además lo han dicho bien. Mucho menos yo mismo: pues la naturaleza sorprendente de los acontecimientos que me he propuesto relatar basta por sí sola para despertar y estimular la atención de todos, jóvenes y ancianos, hacia el estudio de mi obra.

    ¿Puede alguien ser tan indiferente o tan ocioso que no desee saber por qué medios y bajo qué clase de régimen político fue conquistada casi toda la tierra habitada y sometida al dominio de una sola ciudad, Roma, y además en un período de poco menos de cincuenta y tres años?

    ¿O puede alguien estar tan completamente absorbido por otros objetos de contemplación o de estudio que considere cualquiera de ellos más importante que la comprensión exacta de un acontecimiento para el cual el pasado no ofrece precedente alguno?

    2. La inmensidad del Imperio romano demostrada por comparación con Persia, Esparta y Macedonia

    La mejor manera de mostrar cuán maravilloso y vasto es nuestro tema consiste en comparar los imperios más célebres que existieron antes de Roma, y que han sido los temas predilectos de los historiadores, y medirlos frente a la grandeza superior de Roma.

    Son solo tres los que merecen siquiera ser comparados y medidos de este modo, y son los siguientes.

    Persia

    Durante cierto tiempo, los persas poseyeron un gran imperio y un extenso dominio. Pero cada vez que se aventuraron más allá de los límites de Asia, encontraron que no solo su imperio, sino también su propia existencia, corrían peligro.

    Esparta

    Los lacedemonios, después de haber disputado durante muchas generaciones la supremacía en Grecia, cuando finalmente la obtuvieron, la conservaron sin oposición apenas doce años.

    Macedonia

    Los macedonios obtuvieron el dominio de Europa, desde las tierras que bordean el Adriático hasta el Danubio —lo cual, después de todo, no es sino una pequeña fracción de este continente— y, tras destruir el Imperio persa, añadieron posteriormente a aquel dominio el de Asia.

    Y, sin embargo, aunque tuvieron la fama de haberse hecho dueños de un número mayor de países y Estados que cualquier otro pueblo antes que ellos, dejaron todavía la mayor parte del mundo habitado en manos de otros.

    Ni siquiera pensaron en intentar la conquista de Sicilia, Cerdeña o Libia; y, en cuanto a Europa, para decir la verdad sin rodeos, ni siquiera conocieron a las tribus más belicosas de Occidente.

    La conquista romana, por el contrario, no fue parcial. Casi todo el mundo habitado fue sometido por ellos a la obediencia, y dejaron tras de sí un imperio al que no se podía equiparar ninguno de los anteriores ni podría rivalizar ninguno de los futuros.

    Los estudiosos obtendrán de mi relato una visión más clara de la historia en su conjunto, así como de las numerosas e importantes ventajas que ofrece un registro tan exacto de los acontecimientos.

    3. El comienzo de la Historia en la 140.ª Olimpiada

    La Historia comienza en la 140.ª Olimpiada, cuando aparece por primera vez la tendencia hacia la unidad

    En Grecia tuvo lugar la llamada Guerra Social, la primera guerra emprendida por Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, en alianza con los aqueos contra los etolios.

    En Asia tuvo lugar la guerra por la posesión de Celesiria, que Antíoco y Ptolomeo Filopátor libraron entre sí.

    En Italia, Libia y las regiones circundantes tuvo lugar el conflicto entre Roma y Cartago, generalmente llamado guerra de Aníbal.

    Mi obra comienza, por tanto, allí donde termina la de Arato de Sición.

    Hasta ese momento, la historia del mundo había sido, por así decirlo, una serie de acontecimientos inconexos, tan separados en su origen y en sus resultados como lo estaban en cuanto a los lugares donde habían ocurrido.

    Pero desde este momento en adelante la Historia se convierte en un todo conectado: los asuntos de Italia y Libia quedan vinculados con los de Asia y Grecia, y la tendencia de todos ellos se dirige hacia la unidad.

    Esta es la razón por la que he elegido esta época como punto de partida de mi obra.

    Pues fue la victoria de los romanos sobre los cartagineses en esta guerra, junto con la convicción de que con ella habían dado el paso más difícil y más esencial hacia el establecimiento de un imperio universal, lo que animó por primera vez a los romanos a extender sus manos sobre los demás pueblos y a cruzar con un ejército hacia Grecia y Asia.

    Ahora bien, si los Estados que competían por el dominio universal nos fueran familiarmente conocidos, quizá no habría sido necesario hacer referencia a su historia anterior para mostrar con qué propósito y con qué fuerzas emprendieron una empresa de tal naturaleza y magnitud.

    Pero lo cierto es que la mayoría de los griegos desconocen la constitución, el poder y las hazañas anteriores tanto de Roma como de Cartago.

    Por ello llegué a la conclusión de que era necesario anteponer este libro y el siguiente a mi Historia.

    Quería evitar que nadie, una vez adentrado propiamente en mi relato, se encontrara perdido y tuviera que preguntarse cuáles eran los proyectos de los romanos, o cuáles eran las fuerzas y los medios de que disponían cuando emprendieron aquellas empresas que, de hecho, los llevaron a convertirse en dueños de la tierra y del mar en todas partes de nuestra región del mundo.

    Por el contrario, deseaba que estos libros míos y el esbozo preliminar que contienen dejaran claro que los recursos con los que partieron justificaban su propósito inicial y explicaban suficientemente su éxito final al apoderarse del dominio y del imperio universales.

    4. La necesidad de una visión general de la Historia, además del estudio detenido de una época

    Existe una analogía entre el plan de mi Historia y el maravilloso espíritu de la época que debo tratar.

    Del mismo modo que la Fortuna hizo que casi todos los acontecimientos del mundo se inclinaran en una misma dirección y los obligó a converger hacia un mismo punto, así también mi tarea como historiador consiste en presentar a mis lectores una visión compendiada del papel desempeñado por la Fortuna en la producción de esta catástrofe general.

    Fue precisamente esta peculiaridad la que llamó por primera vez mi atención y me decidió a emprender esta obra.

    A ello se añadía el hecho de que ningún escritor de nuestro tiempo había emprendido una historia general. Si alguien lo hubiera hecho, mi ambición en este sentido habría disminuido considerablemente.

    Pero, en realidad, observo que la gran mayoría de los historiadores se ocupan de guerras aisladas y de los acontecimientos que las acompañan; mientras que, en cuanto a un plan general y comprehensivo de los acontecimientos, su cronología, su origen y su desenlace, nadie, hasta donde yo sé, ha emprendido su examen.

    Por ello consideré que era claramente mi deber no pasar por alto yo mismo, ni permitir que ningún otro pasara por alto sin un estudio detenido, un ejemplo de la acción de la Fortuna que es a la vez extraordinariamente brillante y sumamente instructivo.

    Porque, aunque la Fortuna es fecunda en cambios y produce constantemente dramas en la vida de los hombres, nunca, ciertamente, había realizado antes un prodigio semejante ni representado un drama como el que nosotros hemos presenciado.

    Y de ello no podemos obtener una visión de conjunto a partir de escritores que se limitan a narrar episodios.

    Sería tan absurdo esperar conseguirlo como que un hombre imaginara haber aprendido la forma del mundo entero, su disposición y su orden completos, porque hubiera visitado una tras otra las ciudades más célebres que contiene; o quizá simplemente las hubiera contemplado representadas en cuadros separados.

    Eso sería, en efecto, absurdo.

    Y siempre me ha parecido que los hombres que están convencidos de obtener una visión adecuada de la historia universal a partir de historias episódicas se parecen mucho a quienes contemplaran los miembros de un cuerpo que en otro tiempo estuvo vivo y fue hermoso, dispersos y alejados unos de otros, y creyeran que aquello equivale a contemplar realmente la actividad y la belleza del ser viviente mismo.

    Pero si alguien pudiera, en ese mismo momento, reconstruir de nuevo el animal en toda la perfección de su belleza y en todo el encanto de su vitalidad, y pudiera mostrárselo a esas mismas personas, sin duda reconocerían que habían estado muy lejos de concebir la verdad y que poco más habían hecho que soñar.

    En efecto, de una parte puede obtenerse cierta idea del conjunto; pero no puede alcanzarse mediante ella un conocimiento exacto ni una comprensión clara.

    Por ello debemos concluir que la historia episódica contribuye muy poco al conocimiento familiar y a la comprensión segura de la Historia universal.

    Solo mediante la combinación y comparación de las distintas partes del conjunto, observando sus semejanzas y sus diferencias, puede un hombre alcanzar su objetivo: obtener una visión a la vez clara y completa y, de este modo, asegurarse tanto el provecho como el deleite que proporciona la Historia.

    Ahora bien, si los Estados que se disputaban el imperio universal hubieran sido familiarmente conocidos por nosotros, no habría sido necesario presentar un esbozo de su historia anterior para explicar el éxito de los romanos. Pero lo cierto es que la mayoría de los griegos no conocen la constitución, el poder ni las empresas anteriores de Roma o Cartago. Por ello, llegué a la conclusión de que era necesario anteponer este libro y el siguiente a mi Historia.

    Deseaba que nadie, una vez adentrado en mi relato propiamente dicho, se sintiera desconcertado ni tuviera que preguntarse cuáles eran los designios que animaban a los romanos, o cuáles eran las fuerzas y los recursos de que disponían cuando emprendieron aquellas empresas que, de hecho, los llevaron a convertirse en dueños de la tierra y del mar en todas las regiones de nuestro mundo.

    Por el contrario, quería que estos libros míos, y el esbozo preliminar que contienen, dejaran claro que los recursos con los que partieron justificaban su propósito inicial y explicaban suficientemente su éxito final al apoderarse del imperio y dominio universales.

    5. La analogía entre el plan de mi Historia y el maravilloso espíritu de la época

    Existe una analogía entre el plan de mi Historia y el maravilloso espíritu de la época que me ha tocado tratar.

    Así como la Fortuna hizo que casi todos los acontecimientos del mundo se inclinaran en una misma dirección y los obligó a converger hacia un único punto, del mismo modo es tarea mía, como historiador, presentar a mis lectores una visión compendiada del papel que desempeñó la Fortuna al producir la catástrofe general.

    Fue precisamente esta peculiaridad la que despertó en un principio mi atención y me decidió a emprender esta obra. A ello se añadía el hecho de que ningún escritor de nuestro tiempo había intentado realizar una historia general. Si alguien lo hubiera hecho, mi ambición en este sentido habría disminuido considerablemente.

    Pero, en realidad, observo que la gran mayoría de los historiadores se ocupan de guerras aisladas y de los acontecimientos que las acompañan; en cuanto a un esquema general y comprensivo de los acontecimientos, de sus fechas, sus orígenes y su desenlace, nadie, que yo sepa, ha emprendido su estudio.

    Consideré, por tanto, que era claramente mi deber no pasar por alto yo mismo, ni permitir que ningún otro pasara por alto, un ejemplo de las acciones de la Fortuna que es, al mismo tiempo, extraordinario e instructivo en el más alto grado.

    Porque, aunque la Fortuna es fecunda en cambios y continuamente produce dramas en la vida de los hombres, jamás, ciertamente, había realizado hasta entonces semejante prodigio ni representado un drama como el que hemos presenciado.

    Y de este acontecimiento no podemos obtener una visión de conjunto recurriendo a escritores que se limitan a narrar episodios particulares. Sería tan absurdo esperar conseguirlo de ese modo como que un hombre imaginara haber aprendido la forma del mundo entero, su disposición y su orden completos, porque hubiera visitado, una tras otra, las ciudades más famosas de la tierra, o quizá se hubiera limitado a examinarlas en imágenes separadas.

    Eso sería, en verdad, absurdo. Y siempre me ha parecido que quienes creen obtener una visión adecuada de la historia universal a partir de historias episódicas se asemejan mucho a aquellos que contemplaran los miembros de un cuerpo que en otro tiempo hubiera estado vivo y hubiera sido hermoso, dispersos y alejados unos de otros, y pensaran que aquello equivale a contemplar realmente la actividad y la belleza de la criatura viviente.

    Pero si alguien pudiera, en aquel mismo momento, reconstruir de nuevo el animal, devolviéndolo a la perfección de su belleza y al encanto de su vitalidad, sin duda alguna aquellas mismas personas reconocerían que habían estado muy lejos de comprender la verdad y que no habían sido mucho mejores que unos soñadores.

    Pues, en efecto, de una parte puede obtenerse alguna idea del todo; pero un conocimiento exacto y una comprensión clara no pueden alcanzarse de ese modo.

    Por consiguiente, debemos concluir que la historia episódica contribuye muy poco a familiarizarnos con la historia universal y a proporcionarnos un dominio seguro de ella.

    Solo mediante la combinación y comparación de las distintas partes del conjunto, observando sus semejanzas y sus diferencias, puede un hombre alcanzar su propósito: obtener una visión a la vez clara y completa, y asegurarse así tanto el provecho como el deleite que proporciona la Historia.

Sappho, spelled (in the dialect spoken by the poet) Psappho, (born c. 610, Lesbos, Greece — died c. 570 BCE). A lyric poet greatly admired in all ages for the beauty of her writing style.

Her language contains elements from Aeolic vernacular and poetic tradition, with traces of epic vocabulary familiar to readers of Homer. She has the ability to judge critically her own ecstasies and grief, and her emotions lose nothing of their force by being recollected in tranquillity.

Marble statue of Sappho on side profile.

Designed with WordPress